Todavía me acuerdo de cuando las inmobiliarias se frotaban las manos cada vez que veían a una pareja de jóvenes cruzar la puerta del local así como en aquellas visitas al os pisos piloto. Esa sonrisa “endemoniada” que en todo momento buscaba vaciarte los bolsillos de dinero se ha convertido en una sonrisa desesperada.
Ya pasó aquella época dorada para las inmobiliarias, en donde la demanda podía hacer frente a las subidas del precio de la vivienda. Pero apareció el Banco Europeo Central, y éste creyó oportuno subir el tipo de interés (EURIBOR) para rebajar el riesgo al que la economía se estaba sometiendo por el incremento de las hipotecas que podrían mermar la capacidad de solvencia de las familias. En principio, los principales perjudicados son éstas últimas, pues cada vez resulta más difícil llegar a fin de mes.
Las inmobiliarias, como primera medida, deciden cerrar sucursales y despedir empleados para reducir el nivel de gasto y, así, no verse obligados a subir los precios de las viviendas, y de algún modo conseguir dar salida a éstas. Pero por lo visto, tal medida no es suficiente, y ahora se ven en la obligación de o cerrar el “chiringuito” o de hacerle la pelota al cliente. Muchas inmobiliarias optan por regalar, a los clientes que compren una vivienda, la plaza de garaje, un viaje, el primer año de hipoteca, descuentos financieros, entre otros. Otros optan por atraer al cliente con un diseño (tanto interior como exterior) de lujo, moderno, bohemio...
En definitiva, tal es la desesperación de vender el stock de viviendas, que las promotoras se ven en la obligación de invertir un mayor presupuesto al estudio de nuevas formas de marketing y de agudizar el ingenio para atraer de alguna forma al cliente.
Pero estas medidas que toman las inmobiliarias son más perjudiciales para el cliente que para ellas mismas. En primer lugar, porque, mientras las inmobiliarias pueden contabilizar estas medidas como “gastos de marketing” o “gastos de explotación” y obteniendo por ello un beneficio fiscal, las familias deben declarar estos regalos a efectos de la liquidación y pago de impuestos, puesto que se consideran como rentas en especie. Por tanto, puede que el sector de la construcción inmobiliaria esté pasando por un momento de desesperación, pero siguen siendo ellas las que tienen el mango por la sartén, respecto de las familias.