escrito por Joaquín Zamorano Valiña y Mª Jose Novales Montaner
lunes, 14 de abril de 2008
Si no hubiera más motivos, uno podría sentirse engañado como ciudadano y avergonzado y hastiado como economista solo por la forma en que los profesionales de la economía nos comportamos ante la aparición de una nueva crisis financiera. Como siempre en estas circunstancias, se asiste, y lo que nos espera, a una eclosión de egos explicando, de forma más o menos técnica, las raíces de la crisis, las razones que permitieron su desarrollo, la perversidad de los comportamientos de determinados agentes, la incapacidad de las autoridades para controlarla y, en fin, las recomendaciones para evitar que vuelvan a ocurrir. Así se hace buena aquella definición de los economistas como esos profesionales que analizan las situaciones de la misma forma que aquellos conductores que conducen sus autos mirando sólo por el retrovisor. ¿A qué da terror sólo de imaginar esta forma de conducción? Pues el mismo debería dar contemplar como se repite el mismo comportamiento del gremio tras la aparición de una nueva crisis financiera y el narcisismo previo que aparece conforme los efectos de la última crisis se desvanecen. Cabe recordar, a este respecto, cómo nos estábamos vanagloriando, apenas hace unos meses por haber logrado reducir la variabilidad macroeconómica (menos volatilidad de las tasas del PIB, menores tasas de inflación y mayor estabilidad financiera) en la totalidad de países industrializados y en la mayoría de los emergentes. En definitiva, de pretender (¡de nuevo!) presentar a la economía como una ciencia cada vez más técnica y menos social.
No se pretende hacer una crítica marginal, antisistema, fácil, resentida o ventajista, sino solamente recordar que parece que la regularidad con la que se dan las crisis es lo único que nos hace considerar de nuevo que, a pesar de todo, la economía debe tener y tiene una conciencia social, y que, y esto es lo censurable, parece que esa conciencia social solo aflora cuando se observan los efectos devastadores para los ciudadanos. No se nos puede olvidar las cifras de despedidos en estos últimos meses y los que vendrán, aunque solo sea por el hecho de que aparecen en recuadros pequeños en las páginas amarillas. Daños colaterales, como se dice en las guerras. Lo inaceptable es que cada nueva crisis nos siga sorprendiendo jugando al mismo estéril divertimento: sacando pecho de lo conseguido. No se trata de negar los avances obtenidos ni cuestionarlos en estos momentos, sino de criticar el que se presenten esos avances como verdades absolutas y consolidadas, cuando no dejan de ser más o menos contingentes. ¿Qué valoración hay que dar a las declaraciones del entonces gobernador y actual Presidente de la Reserva Federal cuando en el año 2005 señaló que el boom inmobiliario de su país reflejaba un sistema financiero bien regulado, que el enorme volumen de capitales extranjeros que afluía en esos momentos al sector inmobiliario a través de los bancos estadounidenses se debía a que esos inversores estaban apreciando la profundidad y sofisticación de sus mercados financieros, lo que, a su vez, permitía a las economías domésticas tener un acceso fácil a la riqueza residencial y que, en definitiva, por esa razón, esa burbuja no era peligrosa? Repito, no se trata de pasar facturas, pero sí de intentar evitar comportamientos perversos y repetitivos.
Es bueno recordar la anterior crisis de ámbito global, como fue la llamada crisis del sudeste asiático. Como se sabe, esta crisis se llevó por delante los regímenes cambiarios fijos ensalzados hasta entonces como mecanismos de estabilidad macroeconómica, su ruptura produjo enormes pérdidas de producción y empleo y dejó sin referencias a la política económica de esos países ante el hecho de que después de seguir las recomendaciones del FMI, el resultado fue igual o peor que si hubieran actuado por sí solos. La cantidad de trabajos sobre esta crisis ha sido innumerable. De hecho, todavía el pasado mes de noviembre, en medio de la propagación de la actual crisis, un instituto de economía internacional de Madrid anunciaba una conferencia sobre la crisis del sudeste asiático ¡10 años después y con lo que estaba cayendo!
Y los incentivos a predecir una crisis son muy elevados. De hecho, otra de las consecuencias de la crisis de 1997 fue la de otorgar el estrellato mediático al economista P. Krugman, debido a que fue el único que la adelantó al argumentar, basándose en la llamada contabilidad del crecimiento, que las tasas de crecimiento del PIB, calificadas de milagrosas, que venían presentando los llamados entonces nuevos países industrializados o tigres asiáticos, no podían mantenerse porque se sustentaban, principalmente, en la acumulación de factores de producción y entonces, entraría en acción la productividad marginal decreciente del capital. En definitiva, vino a recordar que para que una economía tenga un crecimiento sostenible a largo plazo, su crecimiento debe basarse en la mejora de la productividad (“inspiración”) y no exclusivamente en la acumulación de factores (“esfuerzo o sudorización”) La actual crisis, por el contrario, no ha tenido a nadie que la previese, al menos en los ámbitos académicos y/o mediáticos reconocidos.
Por tanto, el que se conozca todo acerca de las crisis pasadas no garantiza en absoluto la prevención y el conocimiento de la próxima. Se dirá que cada crisis es diferente; seguramente, pero lo que se trata es de evitar que sigan estallando de nuevo delante de nuestras sorprendidas caras, como si fuera la primera vez. En este sentido, parecemos presocráticos: tenemos todo el pasado por delante.
Sin ser demagógicos, ni negar los avances innegables que se han producido el conocimiento económico, no parece que la profesión los haya asimilado, en el sentido de lo que realmente es importante: la prevención de penalidades a las personas. ¿Dónde están esas técnicas econométricas tan complicadas y prometedoras? ¿Y las metodologías para evaluar los inputs de los modelos de riesgo, como son el sistema de calificación y los parámetros probabilidad de incumplimiento, la exposición en la fecha de incumplimiento y la pérdida dado el incumplimiento? En definitiva, dónde está la metodología del denominado Grupo de Validación dentro del Comité de Basilea. Ahora resulta que a la regulación financiera se le imputa que haya olvidado que el riesgo es un fenómeno endógeno, resultado de la interacción de los inversores. Y a lo peor, es verdad, pero lo grave es que este argumento lo están presentando veteranos expertos analistas de finanzas que ya venían desarrollando su trabajo desde hace muchos años, y no uno o dos; es decir, que estas críticas no provienen de analistas de otras áreas del conocimiento o de recién incorporados al sector que descubren cuán equivocados estaban sus colegas más veteranos. Aún más: se señala que los modelos predicen mal durante los episodios críticos y que son incapaces de funcionar correctamente en un contexto de riesgo sistémico. Pero ¿No se sabía todo esto hace un año? Por ejemplo, los modelos de riesgo del Long Term Capital Management predecían que las pérdidas a las que tuvo que enfrentarse sólo podrían ocurrir una vez cada 40 000 veces la edad del universo (sic) Y nadie aprendió nada, nadie lo previó ni, al parecer, nadie siquiera lo recordó.
El argumento tradicional para defender la discreción en el sector financiero es evitar el riesgo sistémico y su desbordamiento a otros sectores de la economía. Es como si se prefiriese que los poseedores del misterio asistiesen desde sus despachos al hundimiento del sistema financiero, cuando toque, cuando sea algo ya inevitable Pero, ¿Cuál sería la diferencia, en términos de quebrantos que pudieran producir a la economía, que el hundimiento se produjese por su propio peso o por el riesgo sistémico que se podría producir ante la advertencia hecha, por ejemplo, por las respectivas autoridades monetarias respecto a las dificultades que atraviesa un banco? Es decir, ¿Qué sería más conveniente para una economía, que los bancos se suicidasen, anunciando públicamente sus dificultades o esperar que les maten, cuando no puedan ocultar por más tiempo sus dificultades? Los adelantos informáticos y mediáticos actuales ¿no sirven para arrinconar o, al menos, paliar la imagen de las crisis bancarias y financieras producidas por largas colas ante las ventanillas de los bancos en dificultades? ¿La estabilidad monetaria no ha sido alcanzada a costa de la estabilidad financiera? ¿Deberían los Bancos Centrales, consecuentemente, fijarse en la estabilización de los precios de las viviendas y de acciones bursátiles? ¿No se quiere encontrar un papel para el FMI? ¿No podría ser el de proporcionar un ancla financiera global? Ni comentar el tema del moral hazard, siempre negado en tiempos de bonanza, pero siempre utilizado en aras a la estabilidad de la economía. Mientras, se sigue apostando por una política de aseguramiento cuyo precio, casi con certeza será una inflación más elevada, y quizás por varios años.
Soportaremos la avalancha de trabajos explicando la actual crisis como quien pela cebollas: cada uno de ellos nos hará brotar una lágrima. Nos olvidaremos de los efectos de ésta crisis (si, naturalmente, no hemos sido afectados), comenzaremos a presumir y nos sorprenderá la próxima crisis. Pero mientras tanto, y Dios me libre de sermones o recomendaciones, al menos deberíamos ser conscientes del desprestigio que esta forma de actuar representa para la economía y los profesionales de la misma, y, sobre todo, la desgracia que esta actitud puede suponer para muchísimas personas. Yo, por de pronto, ya acabo.
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Joaquín Zamorano Valiña es miembro del Servicio de Estudios de Banco de España, Jefe de Equipo del proyecto de la Unión Europea "Coordinación macroeconómica de MERCOSUR" y Profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad Complutense de Madrid
Mª Jose Novales Montaner es economista del ICO y fue economista del antiguo Servicio de Estudios del Banco Exterior
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