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Como nuestros lectores saben, porque es noticia en la prensa española, los pescadores se han puesto de huelga, alegando que no les sale rentable pescar merced a distintos factores: subida del petróleo, importaciones de productos más baratos, dificultad para encontrar nuevos caladeros... Es por ello que, desde esta semana, ningún fruto del mar llega a las lonjas de los puestos españoles. Aunque comprendo ciertas reivindicaciones y motivos, no acabo de entender ciertas actitudes y el inmovilismo que predomina en un sector que podría dar mucho más de sí.
El alza del petróleo ha puesto contra las cuerdas a muchos sectores: transportistas, taxistas, pescadores... Pero el lamentarse por su alza no va a servir de nada. Y si alguien quiere mantener su puesto de trabajo, lo que no puede hacer es quedarse parado a que otros le solucionen el problema. "Papá Estado" no es un ente que regale las cosas, simplemente, las puede conseguir a mejor precio y con mayor facilidad. Esa es la manera en que hay que entender un estado del Bienestar. El lector de estas líneas no podría tener un hospital o biblioteca para él sólo, pero si paga una pequeña fracción y se junta con 200.000 de sus conciudadanos, podrá alcanzar equipamientos que de otra manera serían imposibles y que sólo pueden ser organizados mediante entes supra-personales, si se me permite la expresión. En el caso de los pescadores, muchos aluden a que el alza del petróleo encarece tanto el llenado de los depósitos de combustible de sus embarcaciones, que no les sale rentable salir a faenar. Por eso piden subvenciones para que los combustibles utilizados les salgan más baratos y puedan compensar sus pérdidas. Hasta aquí todo correcto. Aunque la teoría económica llega a argumentar que hay situaciones en las que es mejor operar con pérdida que cerrar una empresa, aceptemos que esto no se cumple aquí. Si no les sale rentable faenar, ¿por qué siguen faenando? Deberían entonces cerrar su negocio y buscar empleos con más altos retornos. Es por ello que no entiendo acciones como las que se llevaban acabo el otro día: regalar el pescado. Si alguien dice que pescar le es muy poco rentable o que opera sin ganancias, ¿cómo es que se molesta en gastar combustible o pagar jornales para regalar aquello que le puede hacer ganar algo de dinero o mitigar sus pérdidas? Me parece un gesto absurdo que se traduce en pérdidas más acusadas. Si hablamos que la situación es tan desesperada, estos actos populistas que conllevan más perdidas debieran ser evitados. Es un drama que un producto que se paga en una lonja a 2 euros llegue al consumidor a 17 euros. Si sabemos esto, podemos deducir que el precio se aumenta, deliberadamente o no, en las cadenas de distribución que conectan las lonjas con los mercados mayoristas. Si me permiten la anécdota personal, un profesor de Economía de la Empresa, con amplia trayectoria docente y empresarial, lo dejó muy claro un día de clase: "la clave para hacerse rico es introducirse en el mercado, meterse en el medio porque los intermediarios son los que se hacen ricos arriesgando menos que nadie" Sabemos por tanto que son las actividades intermedias las que elevan el precio. Entonces surge la pregunta: ¿por qué no se organizan las lonjas de los puertos para crear cooperativas de distribución de sus propios productos? Integración vertical y horizontal de toda la vida, que diría dicho profesor. Los pescadores tienen la materia prima, tienen el poder de desabastecer los mercados, tienen poder (si se unen) para negociar directamente y tienen mercado. Deberían imitar el modelo de todas las cooperativas de aceite de oliva que han proliferado en zonas de Andalucía y Extremadura. Hagamos un ejercicio de diseño empresarial. Simple, eso sí, pero que sirva para ilustrar el argumento: Imaginemos una gran cooperativa de distribución de todas las lonjas de Galicia. Sacan un producto que se pague a 3 euros (50% de beneficio adicional para los pescadores ya de principio) y que con su propia red de distribución, pusieran el producto en el mercado a 15 euros (dos euros menos para el cliente final) Esto conllevaría dos efectos: el doble de ganancias para los productores y una bajada de precios para los consumidores, que no dudarían ni un momento en comprar dichos productos. Si se sabe que los márgenes de los intermediarios son enormes y que la rentabilidad es generosa, ¿por qué entrar en dicho negocio para apropiarse de esos márgenes y posicionarse favorablemente en el mercado reduciendo la tensión de los precios? Las subvenciones que piden no son la solución, ni para ellos ni para los consumidores. Ya explicamos que las subvenciones trasladan el IVA al consumidor final . Pero es que la subvención es pan para hoy y hambre para mañana si los precios del crudo siguen subiendo. Y es que las subvenciones no ofrecen las rentabilidades que podrían obtener entrando en el mercado de distribución, que es donde realmente se "parte la pana". Pero es más: es que la subvención es todavía una presión mayor para los clientes. De una parte, la subvención mitigaría temporalmente ciertos problemas, pero los precios de los productos no bajarían. Además, ¿por qué tiene un ciudadano que pagar a otro, a través de impuestos como el IRPF, un lucro cesante de su actividad? Cuando despiden a una dependienta de una tienda de ropa porque las importaciones chinas inundan el mercado, ¿no podría argumentarse que es necesaria una subvención para ella? Recordemos que la economía es un juego de suma cero: lo que uno pierde, el otro lo gana. No se pueden mantener políticas que obligan al ciudadano de a pie a compensar a otros ciudadanos que no son capaces de hacer rentable su actividad. Obviamente, es más cómodo recibir subvenciones que pedir préstamos para pagar consultores, instalaciones, etc... el problema es que el inmovilismo de unos lo pagan otros. ¿Pagarían ustedes a los responsables de esas miles de oficinas inmobiliarias una subvención por el frenazo de la actividad inmobiliaria? Lo peor de todo esto es que las soluciones, o a veces la falta de ellas, obedecen a motivos políticos que buscan caladeros de votos. Y al final, lo que se podría resolver pensando un poco y arriesgando no tanto, lo paga toda una sociedad, que queda durante unos días desprotegida y desabastecida, y a la que encima le toca pagar, pase lo que pase.
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