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Aumentar la semana laboral es igual a más paro, menos demanda y menos competitividad
escrito por quela
miércoles, 11 de junio de 2008
La nueva directiva de tiempo de trabajo aprobada por los Ministros de Empleo de la Unión Europea por mayoría cualificada permite ampliar la jornada laboral máxima a 65 horas semanales. Esta petición exigida por países de calado más flexible en el mercado laboral está encabezada por Reino Unido.
Esta medida ha sido debatida durante más de cuatro años y se llevaron a cabo seis intentos antes de su aprobación. Miembros como Francia o Italia fueron países que inicialmente bloquearon la medida, pero tras la actual coyuntura económica y el incremento previsto para fin de año del paro, han modificado su postura y han votado sí.
España, Bélgica, Chipre, Grecia y Hungría votaron no. Portugal y Malta tienen reservas sobre la misma. No es casualidad que la mayoría de países que han optado por una negativa tengan los valores más bajos de productividad dentro de la Unión Europea.
Eurostat
España posee una baja tasa de productividad dentro de la UE, pero mejor relativamente respecto a homólogos como los indicados posteriormente. En 2006, la productividad por hora trabajada rondaba los 92.5 según datos de Eurostat. Por su parte, Chipre, Grecia, Hungría, Portugal y Malta están inmersos en tasas inferiores a los 75.0 puntos (67.7, 71.9, 55.7, 57.8 y 75.0 respectivamente).
Este aumento de las horas máximas permitidas en la semana laboral no hará incrementar esta latente baja productividad, no sólo en estos países sino en general, debido a que el ámbito de aceptación de la medida abarca a toda la Unión Europea.
Es sencillo adivinar lo que ocurrirá a medio-largo plazo no sólo con las tasas de productividad, sino también con la competitividad vía exportaciones y, en consecuencia, sus posibles efectos perjudiciales para el crecimiento de la demanda y el paro.
Por una parte, tenemos que entender la productividad como el valor entre el cociente del PIBpartido de la mano de obra (Labour, “L”, en jerga económica), es decir, lo que cada trabajador aporta al PIB a través de la realización de su actividad económica en los distintos sectores que la componen. Este esfuerzo en mano de obra puede medirse como las horas que realiza un trabajador en su jornada laboral, o el cómputo total de trabajadores activos que desempeñan cargos en la vorágine económica.
Pero no hay que olvidar que una economía no sólo debe medirse a través de la productividad “a secas”. Para un nivel general o macroeconómico es lógico, pero si analizamos sector a sector, o empresa a empresa, nos interesa lo que realmente el último trabajador aporta proporcionalmente a la producción en cuestión. En definitiva, la productividad marginal es el punto clave de análisis.
Se puede comprender que ante unos recursos estables de capital o maquinaria, si aumentan cada vez más los trabajadores o las horas trabajadas, el aumento de output por trabajador automáticamente decrecerá. Especialmente, cuando nos centramos en sectores con rendimientos decrecientes a escala, es decir, a una unidad más de input, el output incrementa menos de esa unidad de input, o cuando por cada hora más de trabajo cada vez somos capaces de producir menos.
Por ejemplificar el caso más cercano, la economía española en el sector terciario o de servicios ocupa más del 75% del PIB, y dentro de éste los sectores con mayor presencia son turismo, servicios a empresas y finanzas que aportan cerca del 60%de la producción española, o el sector de la construcción intensivo en mano de obra, según datos del INE. Estos servicios no requieren de una necesidad de costes fijos enormes que requieran de economías de escalas para poder realizarse. Por tanto, no es descabellado pensar que sus rendimientos son decrecientes o, como mucho, constantes.
Si bajo este panorama, aumentamos las horas de trabajo que se pueden realizar como máximo durante la semana laboral, decreceremos la productividad marginal total y con especial ahínco en los sectores con rendimientos decrecientes que son los que mayor aportación al PIB tienen. Esta reducción incrementará los costes, reduciendo la capacidad de competitividad internacional, comprimiendo la demanda vía exportaciones y posibilitando la importación de estos sectores que dejarían de ser rentables por aumentos de costes laborales. Por no dejar de lado que si aumentan las horas de trabajo, son horas que deja de realizar un nuevo contratado, perjudicando la posibilidad de generación de empleo que tendrá consecuencias en la no generación de nueva demanda interna.
En consecuencia, esta reducción de la semana laboral no sólo traerá un retroceso en los derechos de los trabajadores, sino que podría generar una reducción de demanda por constricción de consumo y exportaciones con posible aumento de importaciones.
No puedo dejar de lado que los trabajadores que realicen más horas tendrán una mayor capacidad adquisitiva que repercutirá en su consumo. Pero atendiendo a la propensión al consumo de la economía española, que está entorno al 75%, podría esperarse que este aumento de demanda generara el suficiente excedente para solapar el descenso del PIB.
Personalmente no creo que este aumento de demanda sea suficiente.
Atendiendo a cuestiones básicas, una persona que desee voluntariamente realizar más horas de trabajo de las establecidas por contrato o convenio, dejando a un lado del análisis el sector médicoy las guardias, debe necesitar una cantidad de dinero extra muy alta. Ello puede ser debido a muchas causas, pero la primera que se plantea es por ejemplo el pago de la hipoteca, préstamos varios, cuyas cuotas han subido tras la consecutivas sacudidas del Euribor. Por otra parte, puede deberse al nacimiento de un nuevo retoño, la emancipación juvenil, u otras cuestiones. Pero todas adolecen del mismo problema. Son pagos que ya eran necesarios, o lo van a ser, y no van a generar más demanda, excepto el caso de nuevos niños.
En cambio, si se redujese la jornada laboral, se contrataría más gente, podría reducirse la productividad, pero también reduciría la productividad marginal de las horas extras que antes eran realizadas por las mismas personas. Generaría ingresos a las arcas del Estado por pago a cotizaciones sociales e impuestos varios, aumentaría la demanda, reduciría el paro, y si se hiciese de forma adecuada esa incursión de nuevas contrataciones - es decir, con formación de los trabajadores y mejoras de capital- la productividad marginal no se reduciría sino aumentaría, y con ello la competitividad internacional y las exportaciones.
Tras estas palabras sólo cabe decir que esta medida no es adecuada máxime cuando se está inmerso en un proceso de recesión, por mucho que les pese a ciertos gobernantes.
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